“Una vez le preguntaron a Calderón […] que qué hacía yo, y dijo Calderón, contestó que ahí andaba en los pueblos reuniéndome con cinco, con 10 gentes”.
Lo dijo el presidente Andrés Manuel López Obrador el 23 de octubre de 2023, cuando recordó aquellos años posteriores a la elección presidencial de 2006 en los que recorría pueblos y comunidades mientras sus adversarios lo consideraban prácticamente acabado políticamente.
No era la primera vez que contaba aquella historia. El 23 de marzo de 2022 había recordado que cuando le preguntaban a Felipe Calderón por él, el entonces presidente respondía, según su relato: “Ahí anda, puebleando; se reúne con 15, con 20, con 30 gentes”.
López Obrador resumía así lo que ocurrió entonces: “Me dieron por muerto políticamente hablando y nos dejaron”.
Ese mismo día, 23 de octubre de 2023, agregó algo que vale la pena recuperar. Al hablar de las manifestaciones y de quienes piensan diferente, defendió que existieran distintas formas de pensar como parte de la democracia de nuestro país y rechazó que el éxito o fracaso de una movilización pudiera determinarse simplemente contando asistentes.
“Por eso no puedo decir que, si llegan pocos a una marcha, a un acto, fue un fracaso […] aunque llegue uno, dos, tres […] lo importante es el mensaje, lo importante siempre es la causa que se defiende”.
La frase merece detenernos un momento. Lo importante siempre es la causa que se defiende.
Probablemente sin proponérselo, López Obrador resumió en unas cuantas palabras una regla democrática que debería servir para mirar cualquier movimiento social, independientemente del gobierno en turno, del partido al que pertenezca quien gobierna o de nuestras propias simpatías políticas. Y, sin embargo, actuamos casi siempre al revés.
Si una manifestación se da, ya sea una protesta vecinal, una movilización estudiantil o una comunidad decide organizarse, surgen, como si no tuvieran derecho, la suspicacia y las preguntas de políticos, funcionarios públicos, periodistas, comentaristas y ciudadanos en redes sociales: ¿Cuántos fueron? “Eran apenas cien”. “No llenaron la plaza”. “Fueron los mismos de siempre”. “Son un grupito”. “Son unos cuantos”.
Usamos el número de personas para legitimar la convocatoria y la causa que los congrega. Cuando “fueron cien” comienza a significar “por lo tanto, su reclamo no importa”.
Una movilización de cien personas puede tener poca capacidad de convocatoria y estar señalando un problema absolutamente real. Una concentración de cien mil puede demostrar una extraordinaria capacidad de movilización sin que eso convierta automáticamente todas sus demandas en correctas. Ser muchos no otorga la razón. Ser pocos tampoco la quita.
Junto a esa pregunta hemos incorporado otra que parece haberse convertido en una especie de aduana por la que deben pasar los movimientos sociales antes de que siquiera escuchemos lo que tienen que decir: ¿quién está detrás? Una protesta, unos vecinos organizados, unos estudiantes en las calles, una comunidad opuesta a un proyecto, unos trabajadores en huelga: la sospecha aparece casi de inmediato, como si necesitaran que alguien detrás de ellos explicara por qué inconformarse.
Y sí, la pregunta es válida. En una democracia tenemos derecho a conocer si existen partidos políticos, organizaciones, sindicatos, empresas, grupos económicos o personajes interesados en financiar, impulsar o capitalizar una movilización. Investigar es parte de la tarea del periodismo y del escrutinio público. Eso mismo lo vivió López Obrador y probablemente quienes ahora cuestionan.
La pregunta se usa para descalificar y no necesariamente para conocer las perspectivas. Basta encontrar una fotografía con algún político, una organización que acompañe al movimiento, una simpatía partidista, un financiamiento o algún personaje incómodo para intentar invalidar la causa completa. Como si descubrir quién está detrás resolviera automáticamente lo que tenemos delante.
Y así hemos construido dos varas extraordinariamente cómodas para medir los movimientos sociales: ¿Cuántos son? Si son pocos, no importan. ¿Quién está detrás? Si encontramos a alguien políticamente inconveniente, entonces su causa se deslegitima en automático. Y entre tanto dejamos de lado algo tanto o más importante: ¿qué están diciendo?
A las madres buscadoras, además de cargar con la ausencia de sus hijos y realizar una tarea que muchas veces debería corresponder a las instituciones, también les ha tocado enfrentar cuestionamientos sobre organizaciones, acompañamientos, financiamientos o intereses alrededor de su movimiento. A los maestros de la CNTE, la conversación con frecuencia comienza por quién dirige las movilizaciones o cuántos participaron, antes de entrar al contenido de lo que reclaman —podemos estar de acuerdo o no con sus métodos, pero de eso debería tratarse la discusión. A los padres y madres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, más de una década de discusiones políticas, organizaciones y acusaciones no ha eliminado la pregunta fundamental que dio origen a su movimiento: ¿qué ocurrió con los 43? A los estudiantes del Politécnico y a otros movimientos estudiantiles, la sospecha del “¿quién los está moviendo?” los sigue tarde o temprano. Y a comunidades como Ohuira, en Sinaloa, frente a proyectos que consideran una amenaza para su territorio, les toca defender no solo sus posturas, sino también su derecho a organizarse y ser escuchadas.
Algo similar ocurrió con los zapatistas. En 1994, mientras México trataba de comprender la irrupción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, una parte importante de la conversación se concentró en descubrir quién estaba detrás de los pasamontañas, quiénes eran sus dirigentes y qué intereses podían existir. Había razones para investigarlo. Pero descubrir la identidad de un dirigente no hacía desaparecer la pobreza, la marginación, la desigualdad y el abandono histórico que padecían numerosas comunidades indígenas. Encontrar quién está detrás no elimina necesariamente lo que está delante.
Ninguno de estos movimientos es igual a otro. Sus historias, demandas, métodos, contextos y organizaciones son profundamente diferentes. Tampoco significa que debamos idealizarlos: pueden equivocarse, tener dirigentes cuestionables, tomar decisiones incorrectas, ser utilizados políticamente. Puede haber intereses partidistas, económicos o personales alrededor de ellos, y todo eso debe investigarse, cuestionarse y discutirse.
Ninguna de esas circunstancias nos exime de analizar la causa. Después de saber que fueron cien y después de descubrir quién los organizó, todavía quedan preguntas pendientes: ¿existe el problema que denuncian? ¿hay derechos vulnerados? ¿su demanda tiene fundamento? En otras palabras, ¿tienen algo de razón?
Y aunque sean unos cuantos, son parte del país, con derechos, con voz, y participan desde su espacio en la transformación de la sociedad.
Buena parte de las transformaciones políticas, sociales y culturales que hoy damos por sentadas serían difíciles de explicar sin aquellos pequeños grupos que alguna vez parecieron insignificantes. Las grandes causas rara vez comenzaron con multitudes. Antes de llenar plazas fueron reuniones pequeñas, antes de aparecer en las primeras planas fueron conversaciones entre vecinos, antes de convertirse en movimientos nacionales fueron familias, estudiantes, trabajadores, mujeres, comunidades indígenas, campesinos o ciudadanos que decidieron insistir cuando todavía casi nadie quería escucharlos.
Incluso la transformación política que llevó a López Obrador a la Presidencia de la República sería difícil de entender sin aquellos “cuantos” que se reunían con él después de 2006. Cinco. Diez. Quince. Veinte. Treinta. Algunas veces, según él mismo contó, llegaban solamente uno, dos o tres.
Pudieron parecer insignificantes desde el poder. Sin aquellos cuantos tampoco se entiende completamente lo que ocurrió después. Resulta paradójico que “son unos cuantos” continúe utilizándose como argumento para restarle importancia a una causa.
Una democracia se demuestra por su capacidad para escuchar a quienes todavía no tienen suficientes voces para llenar una plaza.
Los derechos no comienzan a existir cuando los reclama determinado número de personas. Una injusticia que afecta a diez familias sigue siendo una injusticia. Una madre buscando a su hijo no necesita reunir a cien mil personas para que su causa merezca atención, y una comunidad no necesita convertirse en mayoría nacional para defender el lugar donde vive.
Las distintas formas de pensar son parte de la democracia. Pero esa afirmación cobra valor cuando estamos dispuestos a reconocer ese derecho en quienes cuestionan aquello que nosotros defendemos.
Por eso, la próxima vez que aparezca una protesta, antes de preguntar “¿cuántos fueron?” o “¿quién está detrás?”, convendría formularse primero ¿qué causa están defendiendo? Después habrá tiempo para contar asistentes, investigar intereses, cuestionar dirigentes, confrontar argumentos e incluso concluir que quienes protestan están equivocados.
Pero primero tendremos que escucharlos. Alguna vez también fueron cinco, diez o veinte personas reunidas en algún pueblo. Alguien desde el poder las contó y pensó que eran demasiado pocas para importar. La historia demostró que se equivocó. Por eso vale la pena recuperar hoy las palabras pronunciadas por el propio López Obrador aquel 23 de octubre de 2023:
“Lo importante es el mensaje, lo importante siempre es la causa que se defiende”.
El desafío democrático es recordar esa frase también cuando la causa que se defiende no es la nuestra. Al final, ninguna marcha fracasa solamente porque sean unos cuantos.


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