La gota de agua negra que derramó el IMSS de la Bandera

Mi papá hace años estuvo hospitalizado en el Seguro de la Bandera, en Nuevo Laredo.

Mis hermanos, durante su guardia de noche, durmieron debajo de la cama, en el suelo. Yo tampoco dormí aquellas noches. Escuchaba llanto, quejas, gritos. Con la ventana abierta observaba a las personas caminar durante la madrugada, esperar, rezar, aguantar, estar alertas.

Una realidad que está ahí y que nos interpela. Por eso comprendo, desde lo más profundo del ser, el suplicio de las personas que se ven obligadas a transitarlo. Y lo que narré es poco. Siempre hay realidades críticas entre sus paredes.

Ahora se habla de una tubería que colapsó en el Hospital General de Zona No. 11 del IMSS en Nuevo Laredo. El agua salió entre los plafones de una habitación; algunos cayeron y otros tuvieron que ser retirados por el propio personal que se encontraba de turno.

Es indignante. Por donde lo veas. Muy probablemente, las aguas negras sean lo de menos. No porque sea menor que una tubería colapse dentro de un hospital. Tampoco porque quienes estaban ahí no merezcan una explicación. Sino porque esa tubería puede terminar haciendo algo que durante años las quejas, la saturación, las camillas en los pasillos y las carencias no lograron: obligarnos a mirar el problema completo.

Lo ocurrido esta semana no creó la crisis del IMSS de la Bandera. Solamente volvió a exhibirla. Fue, literalmente, la gota de agua negra que derramó el vaso.

El Hospital General de Zona No. 11 tiene más de sesenta años. Fue inaugurado el 1 de octubre de 1964. Cuando abrió sus puertas, Nuevo Laredo tenía aproximadamente 116 mil habitantes. Prácticamente una cuarta parte de los que somos ahora en el 2026.

El Censo de Población y Vivienda de 2020 registró 425 mil 58 habitantes en Nuevo Laredo, sin considerar la población flotante propia de una frontera con un intenso movimiento de personas.

La ciudad creció. Se extendió hacia el poniente y hacia el sur. Llegaron nuevas colonias, parques industriales, empresas, trabajadores y familias. Cambió prácticamente todo alrededor del hospital. Nuevo Laredo se convirtió en el principal puerto fronterizo terrestre de América Latina y en uno de los puntos estratégicos del comercio exterior mexicano. Por aquí transitan diariamente miles de operaciones de importación y exportación que sostienen cadenas productivas, generan empleos y aportan recursos importantes a la economía nacional. Crecieron el comercio exterior, la industria, el transporte y la recaudación. Creció la importancia económica de Nuevo Laredo para México. Lo que no creció en la misma proporción fue nuestra infraestructura hospitalaria. Somos una ciudad estratégica para mover mercancías y generar riqueza, pero seguimos atendiendo a buena parte de nuestros trabajadores y sus familias en un hospital construido para el Nuevo Laredo de 1964.

Pero seguimos intentando resolver buena parte de nuestras necesidades hospitalarias dentro de una infraestructura concebida para otra ciudad y para otra época.

Y eso ya no es solamente una percepción de quienes alguna vez hemos recorrido sus pasillos.

En julio de 2025 llegó al Congreso de la Unión una propuesta para exhortar al IMSS a ejercer la partida presupuestal con clave de cartera 22126110004, correspondiente precisamente a un proyecto de inversión de infraestructura en el Hospital General de Nuevo Laredo.

El documento resulta revelador.

Ahí se reconoce que el HGZ No. 11 había sido rebasado en sus servicios y especialidades, que contaba con poco más de cien camas y que, después de seis décadas de funcionamiento, su infraestructura había dado ya suficiente de sí.

Tres meses después, en octubre de 2025, otro punto de acuerdo llegó a la Cámara de Diputados. Esta vez el exhorto fue dirigido a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y al IMSS para atender las necesidades urgentes del Hospital General de Zona No. 11.

Eso fue antes de las aguas negras. Antes del plafón. Antes de los videos. El problema no comenzó esta semana. Y aquí conviene hacer una distinción. Una cosa es remodelar un hospital y otra muy distinta modernizar su infraestructura.

Podemos cambiar pisos, pintar paredes, sustituir plafones, colocar mobiliario y mejorar determinadas áreas. Todo eso es necesario y debe reconocerse cuando se hace. Pero un hospital también es lo que no vemos.

Son sus tuberías. Su drenaje. Sus instalaciones hidráulicas. Su red eléctrica. Sus sistemas de climatización. El agua caliente. Los gases hospitalarios. Los quirófanos. Las camas. Los equipos.

Y, sobre todo, su capacidad para responder a la cantidad de personas que todos los días necesitan atención.

Por eso sería importante conocer cuánto se ha invertido durante los últimos años en remodelaciones del Hospital No. 11 y, principalmente, cuánto de esos recursos se ha destinado a resolver problemas estructurales.

No para buscar culpables. Para saber si seguimos invirtiendo en prolongar la vida útil de un edificio que quizá necesita una intervención mucho más profunda. También debemos preguntarnos si la ubicación del hospital sigue siendo funcional para el Nuevo Laredo de 2026.

El IMSS de la Bandera permanece en una zona de la ciudad cuya configuración urbana corresponde a otra época. Mientras tanto, Nuevo Laredo se ha extendido durante décadas hacia el poniente y hacia el sur.

En una emergencia, los minutos importan.

Y una ciudad que ha crecido de esa manera merece discutir dónde debe localizarse su infraestructura hospitalaria para las próximas décadas. Por eso quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarnos solamente cuánto cuesta reparar el Hospital No. 11.

Hay otra pregunta:

¿Cuánto le está costando a Nuevo Laredo no contar con mayor infraestructura hospitalaria del IMSS?

La pregunta adquiere todavía mayor importancia frente a algo que ya dejó de ser solamente una intención del Gobierno Federal.

El 17 de abril de 2026 se publicó en el Diario Oficial de la Federación el decreto que creó el Servicio Universal de Salud.

El propósito es avanzar progresivamente hacia una coordinación entre las instituciones públicas de salud para que las personas puedan recibir determinados servicios independientemente de su derechohabiencia. El proceso contempla al IMSS, ISSSTE e IMSS-Bienestar y comenzará a traducirse en intercambio de servicios a partir de 2027.

Estoy de acuerdo con el principio. La salud debe ser un derecho y no un privilegio determinado por el ingreso, la condición laboral o la institución a la que una persona pertenece.

Pero universalizar también exige infraestructura.

Más médicos. Más enfermeras. Más especialistas. Más camas. Más quirófanos. Más medicamentos. Y más hospitales.

De lo contrario corremos el riesgo de universalizar el derecho en el discurso mientras universalizamos la saturación en los pasillos.

Y existe además una discusión que tendremos que dar. El IMSS ordinario y el IMSS-Bienestar no son lo mismo. El primero forma parte del sistema de seguridad social de los trabajadores y mantiene una estructura institucional tripartita en la que participan trabajadores, patrones y Gobierno. IMSS-Bienestar atiende fundamentalmente a población sin seguridad social.

Precisamente por eso la construcción del Servicio Universal de Salud abre preguntas legítimas.

¿Cómo se financiará el intercambio creciente de servicios entre instituciones?

¿Cómo se compensará a una institución cuando atienda derechohabientes provenientes de otra?

¿Los recursos crecerán en la misma proporción que la demanda?

¿Las instituciones compartirán solamente servicios o también infraestructura?

¿Y qué ocurrirá en ciudades como Nuevo Laredo, donde el propio Congreso ha reconocido que la capacidad instalada del Hospital No. 11 ya fue rebasada?

No son preguntas contra la universalización.

Al contrario. Son preguntas necesarias para que funcione.

Reconocer un derecho sin construir la capacidad para garantizarlo puede terminar convirtiendo una buena intención en una nueva fuente de frustración.

Y los problemas de atención tampoco terminan en las paredes del hospital.

En abril de 2025, pacientes renales de Nuevo Laredo realizaron una protesta contra una clínica subrogada por el IMSS y denunciaron públicamente presuntas irregularidades en los insumos utilizados para hemodiálisis.

Son denuncias que corresponde investigar y esclarecer a las autoridades, no convertirlas automáticamente en verdades. Pero también forman parte de una pregunta mucho más amplia sobre la capacidad y calidad de los servicios médicos disponibles para los derechohabientes de esta frontera.

Mientras esa discusión ocurre, hay algo que también merece reconocerse.

Cuando cayó el agua, quienes tuvieron que responder inmediatamente no fueron los funcionarios que administran presupuestos ni quienes diseñan la infraestructura hospitalaria.

Fueron trabajadores. Personal de enfermería. Intendencia. Médicos. Personas que tuvieron que contener la contingencia, limpiar y continuar trabajando.

Son ellos quienes todos los días terminan poniendo el rostro frente al derechohabiente cuando el sistema falla. Y no debería ser así.

Quienes trabajan dentro del IMSS de la Bandera tampoco construyeron el hospital en 1964 ni decidieron que una ciudad de aproximadamente 116 mil habitantes se convirtiera en una de más de 425 mil sin que su infraestructura hospitalaria creciera en la misma proporción.

El Hospital de la Bandera forma parte de la historia de Nuevo Laredo. Ahí nacieron generaciones de neolaredenses. Ahí se han salvado vidas. Ahí muchas familias hemos vivido algunos de los momentos más difíciles y también algunos de los más felices de nuestra historia. Precisamente por eso merece algo mejor que acostumbrarnos a verlo sobrevivir.

Lo ocurrido esta semana exige reparar la tubería, sustituir los plafones afectados, sanear completamente el área y determinar qué ocurrió. Por supuesto. Pero si dentro de unas semanas todo queda limpio, colocamos un plafón nuevo y seguimos exactamente igual, habremos desperdiciado la oportunidad de discutir lo verdaderamente importante.

Nuevo Laredo necesita mantener dignamente el hospital que tiene. Pero también necesita discutir, con presupuesto, proyecto y fecha, la infraestructura hospitalaria del IMSS que requiere para las próximas décadas. Ya no basta otro exhorto. Ni otra reparación. Ni otro comunicado.

Lo sucedido está semana sirve para algo. Para recordarnos que algunas veces los edificios terminan diciendo lo que durante años las instituciones no quieren escuchar.

El IMSS de la Bandera lleva tiempo diciéndolo.

Esta vez simplemente lo hizo de la peor manera posible.

Fue la gota.

Y fue de agua negra.

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