Los cristeros que la Iglesia dejó solos

A cien años de la Guerra Cristera

“El ver que todo el mundo los abandonaba, el ver que los sacerdotes por quienes tanto habían sufrido los anatematizaban, como si fueran criminales, exigiéndoles una rendición incondicional […] y el quedar indefensos en manos de sus enemigos”.

Es la síntesis que el historiador Jean Meyer hace, a partir de numerosos testimonios recogidos en su trilogía La Cristiada, sobre una de las heridas más profundas que dejó el conflicto religioso de 1926-1929 —el sentimiento de abandono que experimentaron muchos combatientes cristeros después de los llamados arreglos de 1929—, muy lejos del parte de guerra de un ejército derrotado o el alegato de un adversario de la Iglesia.

La historia oficial comenzaba a hablar de paz, pero para miles de ellos apenas iniciaba otra batalla, una batalla llena de miedo, persecución y silencio.

Hace cien años comenzó uno de los episodios más dolorosos y complejos de la historia contemporánea de México. Con motivo del centenario, la Conferencia del Episcopado Mexicano publicó el mensaje “Callaron las campanas de los templos, habló su sangre”, una invitación a reconciliarnos con nuestra historia y renovar el compromiso con la paz, y no a reabrir heridas.

Es un documento oportuno. Señala que vivimos en un país marcado por la polarización, la violencia y la confrontación cotidiana, y resulta esperanzador que los obispos propongan una memoria orientada hacia la reconciliación y no hacia el resentimiento. Ellos mismos afirman que buscan sanar la memoria para construir un México más libre y fraterno, no reabrir heridas ni celebrar una victoria.

La trilogía La Cristiada, de Jean Meyer, cambió para siempre la historiografía del conflicto porque devolvió la voz a quienes lo vivieron. Además de consultar archivos civiles y eclesiásticos, recorrió comunidades, entrevistó a sobrevivientes y rescató el testimonio de cientos de hombres y mujeres que experimentaron la guerra desde la fe, el miedo, el sacrificio y la esperanza. Gracias a ese trabajo conocemos una dimensión del conflicto que pocas veces aparece en los discursos oficiales.

Cuando en 1929 se alcanzaron los llamados arreglos entre el gobierno mexicano y la Iglesia, miles de combatientes cristeros obedecieron el llamado a deponer las armas. Lo hicieron convencidos de que la obediencia era parte de su compromiso cristiano y con la esperanza de que la paz significaría también seguridad para ellos y sus familias.

Sin embargo, los testimonios recopilados por Meyer muestran otra realidad. Muchos regresaron a sus pueblos para encontrar persecución, encarcelamientos o la muerte. Otros sintieron que el sacrificio realizado durante tres años había quedado relegado en las negociaciones políticas.

Años después de los acuerdos, un combatiente que continuaba escondido en la sierra resumió con profunda amargura ese sentimiento en un testimonio rescatado por el historiador francés: “Me sujeté a las leyes cuando vinieron los arreglos. Entonces, ¿por qué me tienen que molestar, no se nos dijo que lo pasado se olvidaba y que ahora todo el mundo a vivir tranquilo en su trabajo? ¿No se habrán enterado los señores obispos […] de la matanza que [el gobierno] hace de nuestra gente cada vez que se le presenta la oportunidad? No hay derecho a que nos tengan viviendo esta vida de zozobra y que como perros rabiosos nos vengan a matar todo un gobierno que ha ofrecido garantías”.

Los obispos de aquella época enfrentaron circunstancias extraordinariamente difíciles, es cierto, les tocó preservar la vida sacramental, proteger a millones de fieles, evitar que el conflicto siguiera cobrando vidas. La historia rara vez ofrece decisiones perfectas, y juzgarlos desde la comodidad de un siglo después sería injusto. Pero tampoco sería justo ignorar el dolor de miles de hombres y mujeres que vivieron aquellos acontecimientos con la sensación de haber quedado solos, esa experiencia forma parte, igual que el heroísmo, de la historia de la Iglesia y de la historia de México.

Precisamente por ello resulta significativo que la Conferencia del Episcopado Mexicano reconozca, en su mensaje, que junto al heroísmo también existieron errores, cálculos políticos y decisiones que hoy deben examinarse con humildad evangélica. Ese reconocimiento fortalece a la Iglesia, y no la debilita. Al contrario, debe ser una invitación para reivindicar a esas mujeres y hombres que bajo sus lágrimas entregaron su vida por la causa.

Probablemente el siguiente paso consista en escuchar también esa otra memoria, la de quienes entregaron su vida convencidos de que defendían la libertad religiosa y cuya experiencia permaneció durante décadas casi exclusivamente en la memoria de sus familias y comunidades.

El documento de la Conferencia del Episcopado Mexicano dirige la mirada hacia el México de hoy y plantea una reflexión profundamente actual, la libertad religiosa no puede darse por conquistada simplemente porque los templos permanezcan abiertos. Así, después de recordar la persecución religiosa del siglo pasado, no se queda únicamente en la historia.

Se dice que hay nuevas formas de limitar la libertad y de vulnerar la dignidad humana y su reflexión va todavía más lejos de manera importante y es que, toda persona debe poder vivir conforme a su conciencia, expresar públicamente sus convicciones y participar libremente en la construcción del bien común, sin miedo, sin amenazas y sin coerción. En otras palabras, la defensa de la libertad religiosa termina siendo también una defensa de todos los derechos humanos.

Hace un siglo la confrontación dividió a los mexicanos entre enemigos. Hoy el desafío consiste precisamente en impedir que la polarización política o los fanatismos ideológicos vuelvan a convertir al compatriota en adversario y al adversario en enemigo.

Este jubileo del centenario puede convertirse en una oportunidad providencial para que toda la Iglesia —obispos, sacerdotes, religiosos y laicos— vuelva a preguntarse qué significa acompañar al pueblo de Dios en medio del sufrimiento.

A cien años de distancia, el mayor legado de la Guerra Cristera puede ser comprender que ninguna comunidad puede reconciliarse dejando capítulos enteros de su historia en silencio.

Algo es real y profundamente necesario, la memoria existe para sanar, y no para alimentar resentimientos.

Sanar supone reconocer el heroísmo de los mártires y también el dolor de miles de cristeros que sintieron que su sacrificio quedó sepultado en el silencio.

Los registros históricos hablan de aproximadamente mil quinientos cristeros ejecutados después de los arreglos de 1929, muchos de ellos ya desarmados y confiados en las garantías prometidas. Esa realidad forma parte de la historia y merece ser recordada con la misma honestidad con la que la Iglesia, en su reciente mensaje, invita a purificar la memoria.

Purificar la memoria consiste en mirar las heridas de frente para que nunca vuelvan a repetirse. No en borrarlas.

Si Iglesia abraza toda su historia, ese puede ser un signo de reconciliación.

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