¿Y Morita? El partido que México empieza perdiendo

Cuando la FIFA dio a conocer a Pau Cubarsí como el mejor jugador joven del Mundial, en México apareció una pregunta que duró más tiempo que la propia ceremonia: ¿Y Morita?

Las respuestas llegaron de inmediato. Que Cubarsí fue más regular. Que tuvo un mejor torneo. Que su liderazgo fue determinante. Que el premio se gana en la cancha y no con la nacionalidad. Probablemente todo eso sea cierto.

Sin embargo, mientras escuchaba la discusión, tuve la impresión de que estábamos respondiendo una pregunta distinta a la importante.

Cuatro años antes, durante el Mundial de Qatar 2022, ambos eran apenas adolescentes.

Mientras Lionel Messi levantaba la Copa del Mundo, Pau Cubarsí se formaba en La Masia, la academia que convirtió a Barcelona en una referencia mundial para desarrollar talento. Ahí, la formación de un futbolista no depende únicamente de sus condiciones naturales; también intervienen entrenadores especializados, infraestructura, ciencia aplicada al deporte, competencia permanente y una cultura que lleva décadas produciendo jugadores de élite.

Ese mismo diciembre, Gilberto Mora se encontraba concentrado con la Selección Mexicana Sub-15 durante una gira por España. Después de la eliminación de México, le prometió a su padre que trabajaría para jugar el siguiente Mundial. Cuatro años después cumplió su palabra. Los dos llegaron. Lo que nunca compartieron fue el mismo punto de partida.

Solemos hablar del mérito como si creciera aislado de todo lo demás. Como si el talento floreciera igual en cualquier entorno. Como si el esfuerzo tuviera el mismo rendimiento sin importar dónde se ejerce. Esta historia es como aquellos partidos que comienzan mucho antes del silbatazo inicial.

Uno empieza cuando una niña o un niño encuentra un maestro que descubre su capacidad. Otro, cuando tiene acceso a una biblioteca, a una cancha digna, a un laboratorio, a un entrenador o a una beca. También empiezan cuando una familia puede sostener económicamente un sueño sin convertirlo en un lujo.

Eso también forma jugadores. Eso también forma científicos. Eso también forma artistas, empresarios o investigadores. Aunque rara vez aparece en las estadísticas.

El dato más reciente del Centro de Estudios Espinosa Yglesias resulta tan incómodo. Su Informe de Movilidad Social en México muestra que siete de cada diez personas nacidas en los hogares con menores ingresos permanecen en esa misma condición económica. No es un dato sobre fútbol. Es un dato sobre México. Es por eso que, la historia de Gilberto Mora termina trascendiendo el deporte.

No significa que la movilidad social sea imposible. Significa que, para millones de mexicanos, el punto de partida sigue condicionando demasiado el punto de llegada. Siempre habrá excepciones, por supuesto. Aunque una sociedad no debería depender de las excepciones para demostrar que ofrece oportunidades.

Podemos confundirnos con facilidad, el mérito con las condiciones que permitieron alcanzarlo. A veces podemos admirar el resultado visible, pero pocas veces observamos el conjunto de ventajas o desventajas que acompañaron el recorrido.

Roberto Vélez Grajales y Luis Monroy-Gómez-Franco eligieron una metáfora acertada para explicar ese fenómeno en su libro Por una cancha pareja. La igualdad de condiciones de partida consiste en evitar que algunos comiencen varios goles abajo. La imagen sirve mucho más allá del futbol.

Lo vemos todos los días. Dos jóvenes presentan el mismo examen de admisión, pero uno estudió en una escuela con laboratorios, internet y profesores de tiempo completo; el otro aprendió haciendo lo posible entre carencias. Dos emprendedores tienen la misma idea, pero uno consigue financiamiento y redes de contacto, mientras el otro apenas reúne para abrir el negocio con capital cero. Dos niños sueñan con ser futbolistas; uno entrena en una academia de alto rendimiento y otro en una cancha de tierra.

Después observamos el resultado como si ambos hubieran recorrido exactamente el mismo camino.

En México todavía discutimos quién llegó primero, pero no nos detenemos a observar desde dónde arrancó cada quien.

Celebramos al estudiante que logró graduarse pese a todas las dificultades, al emprendedor que levantó una empresa sin capital, al investigador que publicó sin financiamiento o al deportista que triunfó entrenando con recursos limitados. Sus historias inspiran porque desafían las probabilidades.

Si esas historias dejan de sorprendernos y empiezan a parecernos normales, el problema no es la adversidad, sino nuestra capacidad para convivir con ella.

Pensé entonces que quizá la pregunta nunca fue por qué Cubarsí recibió el premio. Tampoco si Morita lo merecía más. La pregunta era la siguiente:

¿Cuántos Gilberto Mora existen hoy en México sin que nadie conozca todavía su nombre?

¿Cuántos talentos permanecen ocultos porque abandonaron la escuela demasiado pronto, porque nunca encontraron un entrenador, porque debieron trabajar antes de tiempo, porque el transporte costaba demasiado o porque el apoyo simplemente nunca llegó?

Es imposible responderlo. Y tal vez ahí radique el verdadero problema.

Nunca sabremos cuántos científicos no hicieron ciencia, cuántos músicos nunca tocaron un escenario, cuántos emprendedores no abrieron su empresa o cuántos futbolistas jamás disputaron un Mundial. No fracasaron. La mayor parte de ese talento nunca aparecerá en una estadística.

Quizá por eso la discusión nunca fue Cubarsí contra Mora.

Fue un espejo.

Mientras seguimos preguntándonos quién merecía un premio, seguimos dejando sin respuesta una pregunta mucho más importante:

¿Cuánto talento pierde México antes de tener la oportunidad de demostrar que existe?

Y desde mi perspectiva, la verdadera derrota no ocurra cuando perdemos una final, sino cuando un talento nunca llega siquiera a disputar el partido.

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