Los otroas signos de los tiempos

¿Quién escucha el clamor?

Cada época tiene preguntas que la Iglesia no puede ignorar.

La nuestra parece estar marcada por un fenómeno inquietante, con frecuencia el centro de la discusión deja de ser la injusticia que originó una protesta y pasa a ser quienes protestan. Nos preocupan las calles que se cierran para manifestarse, las tomas de edificios, las marchas o las interrupciones de la vida cotidiana. Puede suceder que, rara vez se dedique el mismo empeño a preguntarse por qué miles de trabajadores tienen que movilizarse para defender derechos laborales que deberían estar garantizados o por qué tantos estudiantes sienten que las instituciones públicas necesitan mayor apertura, participación y democracia.

Cierto es también que, no toda protesta es necesariamente justa ni todo método puede justificarse. Como también es cierto que, la Iglesia no está llamada a bendecir automáticamente cada movimiento social. Su misión es más profunda y también más exigente, discernir los signos de los tiempos a la luz del Evangelio. Discernir los signos de los tiempos exige también sacudirnos cierta burocratización de la vida eclesial y vencer la tentación del clericalismo, para volver a encontrarnos con el sufrimiento concreto de las personas.

El Concilio Vaticano II invitó a la Iglesia a leer la historia con ojos de fe. No para escapar del mundo, sino para descubrir en los acontecimientos humanos la presencia de Dios y los desafíos que Él plantea a su pueblo. Medellín, Puebla y, más recientemente, Aparecida, asumieron esa invitación para América Latina, recordándonos que el clamor de los pobres, de las víctimas y de los excluidos no es un asunto periférico de la fe, sino un lugar privilegiado para discernir la acción de Dios en la historia.

Las madres buscadoras que recorren el país intentando encontrar a sus hijos, los trabajadores que reclaman condiciones dignas, los pueblos que defienden su territorio, los migrantes que cruzan fronteras y los jóvenes que piden instituciones más transparentes no son solamente actores sociales. Son personas como cualquiera de nosotros, con hambre y sed, sobre todo de justicia. Son también signos de los tiempos. En sí mismos. Su existencia interpela antes de que se pueda emitir un juicio sobre sus formas de organización o de protesta. La Iglesia está llamada a pronunciarse sobre las formas de la protesta, pero más allá de ello, está llamada a discernir las causas que la hacen necesaria, porque ese es el fondo, su fin último es proteger a toda persona.

Ignacio Ellacuría, mártir jesuita, afirmaba que la tarea del cristiano consiste en hacerse cargo de la realidad, cargar con ella y encargarse de transformarla. Eso exige mucho más que opinar desde la distancia. Se corre el riesgo de convertirnos en activistas de clic, convencidos de que un comentario sustituye el compromiso y una publicación reemplaza el encuentro con quien sufre. Vamos a movernos más allá del mouse. Exige dejarse afectar por el sufrimiento ajeno y preguntarse qué estructuras sociales siguen produciendo exclusión, violencia o desesperanza.

No se podría hablar de los signos de los tiempos sin traer a esta reflexión a Gustavo Gutiérrez quien recordaba que Dios escucha primero el clamor del pobre. No me queda la menor duda. Como no me queda la menor duda de que los mira con profunda misericordia. Esa opción preferencial no nace de una ideología ni de una simpatía política. Nace del modo en que Dios mira la historia. El Evangelio nos enseña que antes de juzgar las respuestas humanas debemos aprender a escuchar el dolor que las precede. Esa es una verdad que necesitamos volver a vivir.

¿Dónde queda entonces la Iglesia?

La Iglesia sí es un actor de poder, pero no un actor político, al menos, no debería. Como tampoco debería reducirse a ser observadora neutral de los conflictos. Eso no se quiere, se espera que, como insistía el papa Francisco, estén haciendo lío o andando las veredas. Se necesita su acompañamiento para que no haya huérfanos de territorio. Su lugar está donde siempre ha debido estar, junto a la dignidad humana. Escuchando antes de condenar. Tendiendo puentes antes que profundizando divisiones. Recordando que ninguna institución, por eficiente que sea, puede sustituir el valor irrepetible de cada persona creada a imagen y semejanza de Dios.

Uno de los signos más urgentes de nuestro tiempo puede que sea precisamente este, aprender de nuevo a escuchar el clamor. Si se escandaliza más por quien grita que por aquello que lo obligó a gritar, se corre el riesgo de acostumbrarse al sufrimiento. Poco a poco los pobres dejan de ser personas para convertirse en parte del paisaje. Permanecen sentados en los cruceros, en las banquetas o a las puertas de los comercios hasta que dejamos de verlos. La indiferencia termina siendo más peligrosa que el conflicto.

Ahí la misión profética de la Iglesia adquiere toda su fuerza. No basta anunciar el Evangelio con palabras. San Ignacio de Loyola decía que, el amor debe ponerse más en las obras que en las palabras. Recuperar la capacidad de conmoverse frente al dolor del otro también es anunciar el Reino de Dios. Repito, recuperar la capacidad de conmoverse frente al dolor del otro también es anunciar el Reino de Dios.

Alto a la tentación silenciosa de que el clamor de quienes sufren termine perdiéndose entre el bullicio de nuestras discusiones, en ese momentum corremos el riesgo de dejar de reconocer la voz de Aquel que dijo:

“Lo que hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron.” (Mt 25,40).

Puede ser que el primer signo de los tiempos sea nuestra capacidad o incapacidad para escuchar el clamor de Dios en el clamor de los pobres.

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